reflejos
soñé contigo, lo que no representa para nada ninguna novedad; creo que he soñado más contigo en estos meses de tu ausencia que con nadie el resto de mi tiempo. y si esto fuese una pequeña hipérbole interesada, lo seguro es que te he soñado más que te he tenido realmente en toda mi vida. eso sí: te he soñado siempre bien, nítida, clarita, con sabores, olores, colores y tactos.
bueno, ya estoy disgregando. vamos al caso: estábamos en una cama que identifico a medio camino entre la tuya y la de mi antigua casa de la ciudad. teníamos las colchas muy subidas y sólo nos asomaban las cabezas con los cabellos desordenados de tanta vuelta y tanta cosa. pero lo sorprendente era que, al otro lado tuyo, en pie en el suelo, estaba también errejota, el de la naviera de arguineguín.
de alguna forma había llegado sin avisar a europa y nos encontró encamados sin posible reacción. es cosa rara, ya que con la edad tengo el sueño ligero, sobre todo desde el accidente aquel que te conté en cuernavaca, pero allí estaba, paradito al lado de la cama y sin asomo de emoción en su rostro. el hombre no parecía extrañado de la situación y yo, en el sueño, atribuí esa reacción tan comedida a tu capacidad para manejar hombres y situaciones, algo así como un ilusionista que hace ver al público lo que realmente le interesa moviendo el brazo izquierdo y no la realidad de las cosas que oculta con la mano derecha. por ello el intruso ( ¿ o era yo el intruso ? ), que en el sueño estaba enormemente rejuvenecido, aceptó la cosa y se metió también en la enorme cama por tu lado, que ahora que lo pienso siempre es el lado derecho. yo lo observaba de vez en cuando, por encima de tu cuerpo, y de pronto se me empezó a antojar un poco extrañado el caballerete, como tratando de hilvanar ideas y definir la situación, pero tú, cada poco tiempo, te volvías y lo tranquilizabas con caricias en la cara. no te preocupes, mi amor, descansa, le decías antes de besarlo suavemente.
sea como fuese, la concurrencia del empresario en el otro lado ( en tu lado ) de la cama, hizo que te volvieses, aunque levemente, hacia él, de forma que tus nalgas conformaron un acomodo inesperado para mi vientre y metí mi rostro contra tu omoplato izquierdo al tiempo que, con mi mano, acariciaba tu ombligo. temí en algún momento encontrar una mano masculina buscándote, pero para nada las suyas se movieron y supongo que todo el tiempo se mantivieron laxas al lado de su cuerpo relajado en decúbito supino.
por la mañana errejota barber madruga, el condenado. se incorpora en la cama y comienza a afeitarse en seco con una navaja con cachas de nácar que identifico como la de mi padre que manoseé miles de veces en mi infancia. tú te levantas, pasando sobre mi lado, el izquierdo, a prepararle algo, una aguapanela creo, y yo me quedo allí con él. no hay conversación, no hay texto: sólo el ruído de la navaja de madreperla recorriendo sus rasgos.
de golpe me percibo amenazado, quizás más por la situación que por el artilugio y siento que el sonido de su barba quebrándose y cayendo sobre la sábana me dibuja un tajo certero en la garganta. no sé muy bien que es lo que me lleva a ponerme en guardia ya que él sigue pareciendo afable ( ¿ es errejota mi padre y yo edipo ? ) con aquellas carantoñas para rasurar sus contornos más difíciles que fuerzan sus rasgos, pero mi instinto me avisa que debo moverme, recular de su cercanía buscando espacio para esquivar su posible estocada. me dá verguenza decirte nada, pedirte ayuda, y me levanto fingiendo una irresistible necesidad de orinar de forma que me voy a otra habitación, que en tu casa sería la cocina y en mi antiguo domicilio aquella pieza parada y solitaria donde había dos camas y en la que se quedaban los invitados y donde yo mismo empecé a dormir luego del asesinato de alejandra, cuando yo era ya entonces mí único invitado, la sempieterna visita, el pálido testigo de unas vidas que eran sólo muerte, varadas en el pasado de aquellos salones cubiertos de polvo y de las que fuiste capaz de arrancarme cuando yo presentía el ocaso de mis días. antes de salir de la alcoba le oigo llamarte con su tono mesurado: ines, dice cargando el acento en la i como un inglés que solo pronunciara palabras llanas, estoy pensando que esas tarjetas del trabajo mejor no las recojas ya, que no harán falta.
cerré la puerta tras de mí pero ni bien lo había hecho, ya noté que alguien tiraba de ella hacia fuera con gruñidos. yo me asusté ( me acordé de los visitantes que creaba solaris ) y puse el pestillo, que amenazaba en saltar de sus goznes. la situación era un poco cómica: no sucedía nada, los tres estábamos cada uno a nuestras cosas, todo era normal, todo parecía controlado, pero yo tenía miedo y me moría por saber si aquellos de afuera también temían algo. pensé: pero si yo debería estar meando y, aunque en teoría no tenía ganas y todo había sido una maniobra para abandonar la compañía de errejota y de su infame costumbre de afeitarse en la cama, un intenso deseo de ir al retrete me invadió.
no hubo tiempo. de pronto estábamos en la finca, en el borde del camino que lleva al lago negro y a los platanares. barber ya se había afeitado y seguía manipulando la navaja. a esa hora, ya trajeado y con el rostro terso y brillante, me dí cuenta que ya no se creía nada de lo que podías decirle a unos metros. los dos parecíamos estar tanteándonos, él con su barbera en la mano izquierda, como un apéndice más de la extremidad, yo moviéndome a su alrededor y buscando el flanco oportuno para saltar si fuese necesario. siempre atenta y serena, tú lo cogías de la mano y desapacecías con él dentro de una casa del vecindario. yo me quedaba en el camino, sintiendo frío de pronto. me acerqué a la puerta y ví que estábais sentados en las escaleras interiores, en una zona de claroscuro, componiendo una imagen en la que creí ver que era gregory peck/atticus finch. le tenías cogida la mano y hablabais serenamente mientras pasabas tus dedos por la bocamanga de su camisa amarilla. yo me sentí excluído, fuera del asunto y me disponía a retirarme al otro lado de la vereda a fin de buscar un lugar retirado para mear, cosa que ya se había convertido en una obsesión, pero un ruído de voces agrias desde dentro de la casa me mantuvo inmóvil frente al portalón, mirando para el horizonte que deseaba. el frío había vuelto a mi vientre y me entraron ganas de llorar, de correr con pies de fuego ahora que mis piernas parecían pesadas losas que me clavaban en el suelo. ni hablar, me dije, ni hablar. esta vez vamos aguantar.
en esas salío errejota. la navaja colgaba de su mano, pero yo ya no sentí la amenaza. has ganado, me dijo, es tuya. la quise, y continuó mirando mi mismo plano de horizonte; la amé más que nada, dijo sin el más mínimo síntoma de nostalgia, más que a mi propio destino pero ella no me quiere. yo giré un poco la cabeza y ví que era cierto, tu mirada me lo corroboraba. me lo quedé mirando y alargué la mano. los dos estábamos muy serios y él miró la mano un momento como si viese un reptil. se tomó su tiempo, pero finalmente me la estrechó, blanda. yo farfullé palabras de agradecimiento y la convicción de que siempre lo tendríamos presente. gracias por todo, le dije y ya me sentí estúpido nada más articular semejante zarandaja. retiró presuroso la mano y adoptó de nuevo un gesto hosco al tiempo que pareció volver de sus recuerdos. me he gastado esperándola, he bebido sus palabras, olido su distancia y ahora toda mi esperanza se ha esfumado. he vivido muchos años temiendo este momento, sabiendo que llegaría inexorablemente, que alguien vendría arrebatármela. hum, has sido tú, un vulgar mequetrefe, un niñato de tres al cuarto que no sabe ni valora lo que ha conseguido... ah, maldita sea, en tu compañía se marchitará como una flor en poco tiempo, eres un irresponsable.
me sentí herido, invadido por su maledicencia, pero decidí no ahondar en su dolor ni poner a prueba su arrogancia. la trataré bien, le dije. la trataré bien y le ayudaré a buscar su propia independencia. lo que quieras, me interrumpe, pero a partir de ahora mismo dejad de contar conmigo: no hay trabajo para vosotros aquí, no hay casa... si necesitais algo, proveedlo vosotros mismos. su independencia? su independencia! si ella ha sido siempre independiente y eso es lo único que no ha querido ser, ella necesita que alguien la domine, que la retraiga. con tu mamarracha independecia se perderá en el vacío.
lo veo cerrado en su cúpula, como aquel científico loco de osaka del que habló merkel en la conferencia de pisa. me siento estúpido escuchando aquella sarta de delirios que apenas puedo organizar en mi cerebro. la presión de la vejiga es ya atroz y quiero que se marche, que se esfume para poder mear en cualquier lado.
y no te olvides, te dice a tí, de recojer pronto tus cosas. ahora bien, llévate todo, no quiero encontrar rastro tuyo en esa casa. será como si te hubieses muerto.
y se fue caminando calle arriba, la destellante navaja siempre en su mano enviando guiños iridiscentes a cada paso, altivo y confiado.
me desperté y dí vueltas en la cama. vueltas rápidas, de fiera acosada. maldita sea, pensé, maldita sea. te recordé acostada debajo de mí, las piernas encogidas como alitas de pollo mietras te besaba. un ramalazo de ternura se mezcló con un horrible sentimiento de celos y de desesperación. maldita sea, mecagoendios. miré la hora. eran las seis y veinte; quiero dormirme, quiero descansar y no saber nada de nadie, pero tengo que levantarme a mear.
el chorro golpea violentamente el agua de la taza, no parece tener fín. cuando el torrente se debilita y la gotera cesa, vuelvo mi rostro envejecido hacia el espejo. allí, debajo, está mi navaja.
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