carlos palomino
qué locura! qué despropósito! qué desastre!
jóvenes, apenas unos niños, matándose en las calles; chicos que salen de casa luego de besar a su madre y que no volverán más o que lo harán como asesinos, como defensores de la barbarie, de la guerra de siempre.
el cine, los videojuegos, la realidad inventada como coartada de la desintegración de la ciudadanía, como despilfarro de la inteligencia o la bondad. el hombre fiero como lobo para el hombre acuchilla todo lo que no entiende, todo lo que está fuera de mi piel es mi enemigo.
es el fín de la historia, tenía razón sin quererlo fukuyama: el fín de todas las historias de la historia y por ende en fin de españa. la muerte de carlos palomino no solo se lo ha llevado a él, pobre, soñando con un mundo mejor, nos ha barrenado a todos: primero y para siempre a su agresor, ese loco, ese triste e iracundo soldado del abismo y después al glorioso ejercito español que a la postre le servía de madriguera. pero la cosa tiñe a la clase política, al capitalismo patrio y a cada uno de los factores que intervienen en la formación intelectual del individuo. dónde hemos fallado? a que fin hemos destinado los impuestos que deberían formar a hombres y mujeres libres y dialécticos? qué terrible secreto se oculta y se resiste a ser nombrado detrás de todo este derrumbe?
la muerte del ciudadano palomino será la nueva parábola de palacio borgeana; con su muerte, con su corazón partido ha despojado de todas sus posesiones al rey absoluto, al estado, a los jueces y a los banqueros. mientras caía, mientras veía las baldosas de suelo acercarse, nos ha susurrado que todo aquello no vale nada. ni su dinero ni sus leyes, ni su herencia ni su patria.